27 septiembre, 2006

Pensando

Llevo unas semanas con muchas cosas de las que quiero hablar, pero sin decidirme a escribirlas...
Pensaba en hablar de política y de justicia, pero cada vez pienso más que ambas cosas no existen...
Pensaba en hablar de mi fin de semana en Toledo, de recorrer sus rincones medievales, de sentirme un guerrero, batiéndome en duelo en callejones, y esperando a mi dama a la salida del oficio en la catedral... De hablar con un sabio judío en la sinagoga, o con un noble musulman en su palacio.
Pensaba en hablar de Julieta (Venegas, por supuesto...). De su conciertazo en La Riviera, de su feeling con el público, su voz y su entrega. Para mí, que me considero un rockero, de lo mejor del Pop del momento.
Pensaba en hablar de un viaje en furgoneta, de una noche de risas y ron (cual pirata emborrachándose tras un buen botín...). De un viaje fugaz, pero mágico.
Pensaba en hablar de miedo y de odio, de amor y alegría, de amistad, de melodías, de vida, de muerte, de creyentes y ateos...
Pensaba hablar de tantas cosas que he preferido... no hablar de nada.
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Y también pensé en continuar mi historia, pero no he tenido tiempo... pronto más

06 septiembre, 2006

Pruebas subjetivas

Alatriste: 6
Iñigo Balboa: 9
Francisco de Quevedo: 8
Conde de Guadalmedina: 8
Conde Duque de Olivares: 7
Angélica de Alquézar: 7
María de Castro: 6
Fray Emilio Bocanegra: 6
Gualterio Malatesta: 9
Sebastián Copons: 10
Saldaña: 10

Guión: 0
Decorados, ambientación...: 9

05 septiembre, 2006

Reinventando el Mundo

Soñaba con un mundo perfecto,
con caballos en verdes praderas,
con barcos surcando las aguas,
y lobos aullando a la luna.

Soñaba con noches enteras,
soñaba con besos eternos,
sin días inquietos,
sin sueños perdidos.

Con vientos del sur, con luceros
con melodías y rimas,
con historias, leyendas
con mis propios sueños

Sin saber que por debajo
todo se resquebrajaba
que nada existía
que yo lo imaginaba

Y antes de perder mi mundo,
decidí rehacerlo,
y pegué los pedazos
con mi mejor pegamento.

30 agosto, 2006

El laberinto de las entrañas de la Tierra - VII

La taza de gazpacho apenas duró dos minutos en sus manos. Isabel apreciaba mucho la cocina de su madre, y no sólo la cocina mexicana, que era la que más acostumbrada estaba a hacer, si no también muchos otros platos. El tono ligeramente picante del gazpacho de su madre le encantaba, y le refrescaba después de un día duro en el supermercado. Había vuelto apenas hace unos días de las vacaciones y ya necesitaba otras. Su madre no estaba en casa. Había quedado con una compañera del trabajo para dar un paseo. Se acabó la taza y fue a la pequeña nevera de la casa a por unas onzas de chocolate. "Dicen que es un buen sustitutivo del sexo...". Recordaba a a aquel chico con el que hiciera el amor hacía unos días. Recordaba su cuerpo sobre el suyo, su movimiento, fuerte, intenso, sus manos rodeándola. Fue breve, pero placentero. A pesar de sus 18 años, Isabel podía enseñar varias cosas a más de un estudiante universitario. "A veces, es una forma de no sentirse tan sola..." explicaba a Patricia, su mejor amiga, que a sus 19 años mostraba una castidad que las traía siempre discutiendo.
Dejó de pensar en ello y fue a darse una ducha. El agua estaba fría, y maldijo al viejo calentador de butano que debía calentarla. Sin ganas de ponerse a arreglarlo se metió bajo el agua y, resoplando, dejó mojar rápidamente su cabello moreno, sus hombros fuertes y finalmente sus piernas. Isabel no era especialmente guapa, ni tenía cuerpo de modelo, pero poseía una extraña belleza en sus rasgos, y las curvas de su cuerpo eran capaz de seducir cuando el momento lo requería. Ella no estaba contenta con su vida. Ni con su piso, ni en su trabajo, ni con la ciudad en la que la había tocado vivir. Pero había dos momentos en los que se sentía feliz: con su vieja guitarra en sus manos, y cuando se miraba al espejo y veía su sonrisa al otro lado.
Se envolvió en una toalla y se tumbó en la cama. Entonces sonó el teléfono. "¿Quién será a estas horas?. Ya había anochecido, y no solía recibir muchas llamadas.
- ¿Sí?
- Eh... Hola, ¿esta Isa? - Era una voz de un hombre joven, que le resultaba familiar.
- Sí, soy yo...
- ¿No me conoces? Soy Iván.
- Anda, buenas, que sorpresa...
Iván era el encargado de mantenimiento del supermercado. Tenía unos veintitantos. A veces, en los pequeños descansos que tenían en el trabajo, él le regalaba un bollo de chocolate. Isabel estaba tenía la sospecha de que le gustaba, pero que nunca se había atrevido a decírselo.
- ¿Te acuerdas lo que me dijiste esta mañana? Sobre un tal Olaf...
- ¡Ah! Sí
- Pues he encontrado algo en Internet. En una aventura de un juego de rol...
- Debería de haberlo imaginado... Tú siempre con esas cosas. Pero gracias, mil gracias. ¿Me lo traeras mañana?
- Eh... Bueno... Yo... había pensado que quizás... podías pasarte... y lo veíamos en mi ordenador directamente.
- ¿Ahora? Ummmm... Bueno, tampoco es mala idea, estaré en 20 minutos.
- Perfecto. Aquí te espero.
Cuarenta minutos después Isa llamaba a la puerta de la casa de Iván, un tercer piso de un bloque de pisos de aspecto antiguo. La puerta no tardó ni 5 segundos en abrirse. Iván, con unos pantalones cortos de baloncesto y una camiseta de tirantes que marcaba sus músculos apareció con una sonrisa un poco forzada. A Isabel siempre le había parecido un poco atolontrado, pero le caía bien.
- Siento llegar tarde...
- No hay problema. ¿Quieres tomar algo? No tengo tequila, pero...
- ¿No están tus viejos?
- Que va, están en el pueblo.
- Entonces sírveme algo fuerte.
- ¡Marchando un buen Ron Liberación!. Pasa a mi habitación y siéntate.
La habitación era un desorden absoluto, con ropa por todas partes, la cama sin hacer, y posters colgando de todos los lados. Grant Hill, Buffy Cazavampiros o Rinoa Heartilly se mezclaban con modelos semidesnudas y fotos variadas.
Al momento llego Iván con dos vasos de ron, uno solo y otro con limón.
- Siento el desorden... Tú prefieres el ron solo, ¿no?
- Sí, ya lo sabes. Estoy impaciente por ver que se cuenta nuestro amigo Olaf...
- Sí, vamos a ello. Si te parece te cuento lo que he leído y te imprimo todo para que le puedas echar un ojo...
- Venga, dispara, te escucho.
- Pues el tal Olaf, al menos según los creadores de este juego de rol... que no es decir mucho, pero algo es... era uno de los más importantes sabios vikingos. Se dice que, en un largo viaje, cuando su drakkar rodeaba las costas de Groenlandia, cayó al agua y no pudieron rescatarle. Dos años después apareció en la costa de Islandia. Cuando regresó a su tierra, en la actual Noruega, contó a su gente que había muerto, para poco después regresar a la vida, y que había visto lo que había tras la muerte. Había descubierto los secretos del más alla... Días después, el sabio, que por aquellos tiempos ya era viejo, murió, dejando su secreto a sus descendientes... Más o menos eso es todo lo que he sacado en claro.
- ¡Genial, tío! Eres el puto amo.. - Y espontáneamente lo abrazó. Le soltó poco después, pues se sentía incómoda estándo sola con él en su casa, pero estaba contenta por ir descubriendo nuevos secretos. Las anotaciones de su libro empezaban a tener sentido.
- Lo que no sé es por qué estás tan interesada en los vikingos...
- Algún día te lo contaré - Se bebió el vaso casi de un trago - Me voy a tener que ir, se hace tarde y mañana hay que ir al curro...
- Bueno, como veas. Si te apetece otra copa otro día...
- Me lo pensaré... Gracias por todo, Iván. - Y le besó cariñosamente en la mejilla.
- De... nada... Un... placer... ¿Quieres que te lleve?
- Prefiero caminar un poco, pero gracias de nuevo. Hasta mañana, tío.
- Hasta mañana
La luz de las farolas alumbraba los cortos pasos de Isabel cuando caminaba calle abajo, y creyó ver una sombra que la miraba en la ventana del tercer piso. "Definitivamente, le gusto... pero mucho se lo tendría que currar...". Y pocos metros después se paró en un escaparate, sólo para contemplar a aquella chica morena que le sonreía en el reflejo.

27 agosto, 2006

Lamentos de saxofón

En una pequeña sala oscura, en los bajos de un tenebroso castillo, se escucha una melodía improvisada. Los truenos del exterior se funden con la armonía del jazz. Un licántropo juguetea con las baquetas de una batería llena de telerañas. A su lado, una horripilante gárgola hace un walking de contrabajo. Un demonio saca acordes de una guitarra a lo B. B King. Y, como melodía principal, se escuchan los lamentos de un saxofón, en las manos de un vampiro. El jazz inunda cada pasillo de la oscura morada.
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Dedicado a FunkyVampiro, por las noches de celtatrón, de fender stratocaster, play station y soundblaster, por las cervezas negras, por los tequilas baratos, por las horas creando música...

Y así eres a la espada parecida, que matas más desnuda que vestida

Y aquí estoy, calándome mi sombrero de ala ancha, ajustándome mi coleto de piel de búfalo, y cogiendo toledana y vizcaina para, después de ahogar los encantos de La Lebrijana en una copa de vino, recorrer los callejones de Madrid en busca de un lance, o de una dama.
... tan sólo una semana...

26 agosto, 2006

Si los expertos dominasen el mundo... III

Hairanakh me mostraba esta mañana un comentario en Escolar que me ha hecho tener que continuar esta serie sobre expertos...
El post en cuestión citaba una palabras de Bob Dylan en contra de los estudios digitales. Yo reproduzco el comentario en cuestión:
"Bueno, y que razón tiene. Sin ir más lejos los discos de OT suenan como si estuvieran grabados en una lata.
De todo amante de la música es sabido que el formato digital es un formato "cuantificado" y por ende, limitado. Por contra, los LPs, esos que para algunos suena como a "friendo huevos" reproducen en su surco la onda de sonido con total fidelidad.
!Que tiempos aquellos de las válvulas de vacio!
Los que tenemos suerte de tener un gran (y digo gran en términos de calidad) equipo de música no somos muy partidarios del MP3, limita lo ya de por si limitado."
Espero que los "amantes de la música" no se crean esa sarta de gilipolleces... ¿Formato cuantificado? Me gustaría saber que sabe este tío de audio digital. Lo del surco de onda también me ha llamado...
Y en cualquier caso, el MP3 no es el único formato digital que existe... Invitaría a este hombre a escuchar un Super Audio CD y que lo compare con los surcos de su vinilo.
O si no, que haga caso a este otro comentario:
"¿Por que tener un IPod si puedes llevar un fiable walkman? ...O un gramófono."

21 agosto, 2006

Si los expertos dominasen el mundo... II

Quinto Beatle: "¿Hasta que distancia funciona este micrófono?"
Yo: "¿Ein?
Q.B: "Sí, los micrófonos funcionan hasta cierta distancia, 1 metro o 2..."
Yo: "Que va... La señal que llega al micrófono depende fundamentalmente, de lo lejos que estés, y de la sensibilidad del micro (dB mV/Pa)".
Q.B: "No, todos los micros llegan hasta una cierta distancia que..."
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Q.B: "Es que estos micrófonos captan en forma de corazón. Así, ¿ves?"
Yo: "Sí, estos son hipercardiodes"
Q.B: "No, captan en forma de corazón..."

En fín...

19 agosto, 2006

Si los expertos dominasen el mundo...

Hay ciertas ciencias o técnicas que demasiada gente cree controlar en profundidad, o ser un "experto" en la materia (como odio esa palabra, sobre todo cuando se repite descontroladamente en los telediarios: "según los expertos..."). Poca gente habla sin cesar sobre sus conocimientos de física cuántica, biología celular o microeconomía (por decir algo). Pero parece que a todo el mundo le gusta sentirse un profesional del audio y el vídeo (o de otras cosas de "actualidad", como la informática...)
Ayer, mientras esperaba en la cola del cine para comprar las entradas de Piratas del Caribe, unos chavales que había delante de mí (de unos veinti tantos) comentaban que el cine debería de verse a millones de fotogramas por segundo!!! Joder, parece que la capacidad del ojo humano está sobrevalorada. Al menos, estos chicos no se enorgullecían de ser unos expertos en el tema, simplemente hacían sus cálculos.
Un par de días antes, un amigo me comentaba que otro "experto" amigo suyo tenía la firme creencia de que las películas en los cines Kinepolis se mandaban por satélite al reproductor. Es cierto que dichos cines tienen un reproductor de cine digital, y que la película se puede distribuir por satélite. Pero ojo, distribuir, no proyectar en tiempo real. En cualquier caso, esto sólo sucede en una de las salas (y no se usa muy a menudo). En todas las salas lo que hay es un proyector de fotogramas de 35mm, como los de toda la vida.
Pero lo que más me sorprende es la adoración que profesa la gente a los televisores planos... y todo porque "se ven mejor".
Por eso yo prefiero declararme "experto en nada".

14 agosto, 2006

Ready to work

Son las 7 de la mañana, de un lunes 14 de Agosto (y mañana es fiesta). Os podéis imaginar lo llenas que están las oficinas de mi trabajo... Falta sólo el arbusto rodante de las películas del oeste.

... pero aquí estoy yo (y Hairanakh) dispuestos a echarnos un buen sueño en la sala de racks.

10 agosto, 2006

Las cosas más triviales se vuelven fundamentales

Ya lo decía Enrique Bunbury (...y Benedetti...).
Nunca había estado tanto tiempo sin unas buenas vacaciones (y por buenas me refiero a al menos 15 días para hacer lo que me de la gana). Y parece que la cosa se va a alargar hasta el verano que viene. Y estando un mes de Agosto casi recluido en la capital alcarreña, con no demasiado tiempo libre (quién iba a pensar que hubiese tanto trabajo en verano!), las cosas del día a día se vuelven claves a la hora de enfundar una sonrisa.
Las risas con mi hermano pródigo sobre si regamos las plantas. Los temores de mi hermano, compañero de trabajo y de viajes de encontrarnos al Tupi (un profesional del acople en el autobus, un depredador de no dejarte dormir...). Las charlas telefónicas con mi chica. Las cervezas en la Fuente con los colegas ("A las 8 y media en la puerta de la autoescuela..."). La casi radiofónica Escape (de 'Tallica) sonando por los altavoces de mi mesa, lo suficientemente alto para escuchar los detalles, pero lo suficientemente bajo para que no se quejen por aquí... El del restaurante asiático que nos trae la ternera al estilo Thai, y el cordero al estilo mongol. Hacer la maleta para pasar 2 días en Motril (mi otra tierra). Leer a Holbeist, o a Morgan. Terminarme La Catedral del Mar, que al final, tras un comienzo titubeante, me ha gustado. La charla messengeriana con Raquel. El pensar donde estarán Sebas, Kyk, Jose, Silvia y los demás (esto parece de Amaral... Silvia esperemos que en China, y no en Korea, Filipinas o Sri Lanka). La luna llena.
Pequeñas cosas. Pequeños detalles. Pequeños sueños. Los podría estar relatando hasta que esto se hiciese un post interminable. Pero esto no será más que un pequeño post. Un pequeño post medio olvidado entre los calores del verano, el sueño que me vence cada tarde, y unas "vacaciones" descafeinadas... En cualquier caso, nunca pierdo la oportunidad de poder enfundarme una sonrisa. Ya lo dijo Juan Bosco (¿o Domingo Savio?). Qué coño importa, lo importante es procurar estar siempre alegre.

24 julio, 2006

El laberinto de las entrañas de la Tierra - VI

Según se podía leer en un polvoriento tomo de la biblioteca, Gerard había sido un noble franco, que vivó a comienzos del siglo XV. No se sabía demasiado sobre él, salvo que sus tierras se extendían por una pequeña colina del norte de Francia y que se había convertido en un estudioso de los pueblos escandinavos, tras casarse con una joven esclava del norte de la actual Noruega, llamada Iridia. Tras la muerte de su esposa, el noble había viajado por aquella tierras del norte de Europa y había estudiado y aprendido su lengua, sus conocimientos y su mitología.

Después de 20 horas encerrada en la biblioteca, Isabel Vega por fin pudo esbozar una sonrisa. En un libro de historia de una estantería casi olvidada había encontrado aquellas palabras sobre Gerard. Por un momento quiso sentirse aquella esclava adolescente que enamoró a un noble, hasta el punto de impregnarle de toda su cultura. A veces le gustaba quedarse sola y poder viajar con su mente a tierras lejanas, imaginar que era una diosa azteca, o una guerrera vikinga. Y en el silencio de aquella biblioteca de Madrid podía pensar en cualquier cosa sin que nadie la interrupiera.

La limpiadora pasó a su lado y la sacó de su ensimismamiento. Eran las 6 y media de la mañana y aún no había dormido. Al menos era domingo y no tenía que trabajar hasta el día siguiente. Recogió sus hojas, cogió su walkman y salió a contemplar el amanecer que se colaba entre los edificios. La voz de Julieta Venegas sonaba por los auriculares, mientras Isabel descendía la escalera del metro. Se encontró a un mendigo pidiendo algo de dinero, y le echó tres monedas, que él le agradeció con un tímido amago de sonrisa. Siempre se preguntaba que había hecho aquella gente para estar en la calle, cuales eran sus pensamientos, y si tenían alguna esperanza. Ella siempre había vivido en un mundo humilde, y luchaba cada día por hacer un poco más feliz a su madre, y por poder ella misma disfrutar de su vida.

Llegó a casa y se tumbó en el viejo sofá del salón. Sacó papel de fumar y un pequeño sobre con marihuana. Le quedaba por saber quien era Olaf, pero eso lo descubriría otro día, estaba muy cansada y sólo quería soñar y tener unas horas más de vacaciones. El hecho de que el noble Gerard hubiera contactado con el pueblo escandinavo hacía pensar que Olaf podía tener algo que ver con él. Encendió el porro, se quitó la ropa y se tapó con una vieja manta, que un peruano le había regalado hacía dos años, cuando Isabel había ayudado a su mujer a dar a luz en plena calle. Con el recuerdo de aquel día, Isabel se durmió profundamente.

- Te he dicho que no fumes esto... - Susurraba su madre sin despertarla, mientras cogía el porro, que descansaba sobre la mesa. Después fue a la cocina y bebió un vaso de zumo de piña. Hubo un tiempo en el que había sido feliz. Le quedaba media vida por delante, pero no se perdonaba demasiadas cosas. Por lo menos, con el tiempo, había hecho amigos en Madrid, y cuidaba de su hija lo mejor que podía. - Ójala tuvieras un padre...

Y entre susurrusos tapó bien a Isabel con la manta y se puso a limpiar la casa mientras tarareaba un viejo corrido de su pueblo.

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Jean Gonzalez había quedado con Nadia en un viejo bar de barrio. En la joven, rumana de nacimiento, destacaba una larga melena de rubio teñido y unos ojos verdes penetrantes. Por lo demás era una chica normal, de 24 años, que trabajaba limpiando unas oficinas del centro. Nadia sabía defenderse en francés, pero le costaban algunas expresiones, y su acento la identificaba al momento como ciudadana del este.

La conversación no era del todo cómoda. Nadia estaba nerviosa, y junto su timidez tenía una cierta desconfianza a colaborar. Pero pronto el inspector de policía logró convencerla de que sólo necesitaba su ayuda.

- ¿Entonces conoces a Vasili?
- Sí
- ¿Qué relación tenéis?
- Somos... amigos...
- ¿Algo más?
- A veces. ¿Qué es lo que ha hecho?
- Lleva tiempo desaparecido.
- Disulpe, pero eso ya lo sé... Con una zorra francesa.
- ¿Cómo dices?
- Que se fue con una francesa alta y rubia, de esas que parecen que se creen modelos... Lleva días sin llamarme. Yo he pasado de ir a buscarle. Que haga lo que quiera con esa...
- Lleva días sin llamarte, sin ir al trabajo y a su casa, Nadia, un compañero denunció su desaparición. ¿Viste cuando se fue con ella? ¿Conoces a esa chica?
- Claro que la ví, les pillé cuando Vasili iba a verme a mi casa. Se metió con esa puta en un coche negro. Nunca había visto a esa mujer, pero Vasili es un tío con muchas amigas... ya me entiende.
- ¿Un coche negro? - Jean no podía creer lo que oía - ¿Sabrías decirme que modelo?
- Era un Alfa Romeo.
- Ese dato nos va a aportar mucho a nuestra investigación, te felicito. ¿Viste algo más?
- No mucho, era ya de noche y tenía un buen cabreo, como para fijarme en algo...
- Perdona que te haga tantas preguntas ¿Te suena el nombre de Danielle Lacroi?
- No, de nada.

Se hizo un silencio incómodo. Jean se había quedado sin preguntas, y en ese momento pensaba en más conexiones posibles de las desapariciones. Al menos lo del coche era una pista clave.

- ¿Cree que le ha podido pasar algo, inspector?
- Si te soy sincero, no lo sé...
- Encuéntrenlo, le cruzaré la cara, pero me alegraré de verle.
- No quiero ser indiscreto... pero si me permites una pregunta... - Nadia le miró con cara de interés, con sus ojos fijos en los del inspector, mientras movía ligeramente su melena y se acercaba a los labios un zumo de naranja con no demasiado buen aspecto.
- Diga
- ¿Sientes algo por él?
- Sí - Nadia enrojeció y entorno los ojos, con expresión de tristeza. De esa tristeza que nada cura, que sólo puedes acostumbrarte a vivir con ella.
- Entonces tengo una razón más para encontrarle.

Minutos después ambos se despedían y Jean se dirigía de nuevo a la comisaría. Pidió a uno de los agentes un listado de todos los Alfa Romeo matriculados en Paris.

- Jean, hay muchos Alfa Romeo matriculados en Paris, ¿buscas alguno en particular? Te costará encontrarlo...
- Por algo se empieza.

Ese día volvió pronto a casa. Todavía le quedaba mucho que investigar, y había trabajado duro. Por lo menos no habían aparecido más casos que investigar, cinco desapariciones parecían más que suficientes.

Se sentó a la mesa para cenar con su mujer y su hijo Jacques. Claudia llego veinte minutos tarde, cuando ya su madre empezaba a impacientarse.

- ¿Se puede saber donde has estado?
- Estaba con Rachel, una amiga. Me ha traido en moto...
- Ya sabes que tienes que estar puntual, no te lo voy a decir más veces. Y deberías ponerte faldas más largas...
- Yo sabré lo que me tengo que poner, mamá.
- Siéntate de una vez a cenar y ya hablaremos tú y yo un día sobre los hombres.

Jean seguía la conversación sin decir una palabra, madre e hija se las bastaban solas para estropear una buena cena.

Una hora después, Jean aparcó cerca de la Torre Eiffel y, con la única compañía de un libro, se sentó en el césped de los campos de Marte. "A veces viene bien salir a despejarse" pensó, mientras pasaba la primera página de Estudio en Escarlata.

22 julio, 2006

El tunel de la delicias

Ayer, junto a Tony McCarman, Patrick y Alex 'El Astur', asistí a un concierto que prometía ser interesante: una noche de música celta en la plaza de toros de Guadalajara, dentro de los actos del cuarto centenario del Quijote (que parece que se va a prolongar años y años...) . Nos perdimos a la primera en actuar, Judith, una violinista de Cuenca que por lo que nos dijeron no tuvo una actuación muy brillante. Con mucho retraso empezó Carlos Nuñez, el suficiente como para que nos acabáramos las cervezas y las pizzas del Zampa y llegásemos a tiempo. Gran sonido y gran concierto de un músico al que sólo le acompañan en el escenario un batería/percusionista, dos buenas violinistas (lo de buenas, por su interpretación y por el resto...) y un... ¿como se le llama al que toca el buzuki?. También le acompañaron una banda de gaitas de Alcalá en algunos temas. Una pena que no tocase más de 35 minutos, porque fue de lo mejor de la noche.
Cristina Pato tiene el don de no dejar a nadie indeferente, o te gusta o no. Su actuación no fue buena, sobre todo por unos problemas de sonido imperdonables que hicieron que tuviera que parar un par de veces y que se fuese con un buen cabreo. Sus canciones son entretenidas, pero apenas varía su repertorio (la ví en otro par de ocasiones), y ayer le faltó algo de chispa a su música. Eso sí, la chica se lo ocurra, lástima que no fuese su mejor noche.
Para el final, el retorno de los Celtas Cortos con 'El Cifu', en su 20 aniversario. Y al contrario de lo que me esperaba, volvieron a recordar a los Celtas de antaño, con un buen concierto, en el que tocaron clásicos y canciones nuevas (que tienen buena pinta...). El fracaso de sus últimos discos había hecho un poco de mella en mi opinión sobre la banda, pero ayer demostraron que pueden ir otra vez para arriba. Lo peor, Jesús Cifuentes, que cantó bien, pero que cuando se dirige al público no dice más que frases sin demasiado sentido y a veces inconexas.
Al final, una noche que prometía más de lo que fue, pero en la que disfrutamos como niños. A ver si la capital alcarreña sigue apostando por traer buena música, que ya era hora.

20 julio, 2006

Alta tecnología

No sabía que trabajaba en un edificio de tan alta tecnología... Cuando Chebax me ha dicho que había un Macintosh en el baño parecía dificil de creer. Pero allí estaba, muy cerca de la taza del WC...

18 julio, 2006

El laberinto de las entrañas de la Tierra - V

Isabel se despertó cuando el sol ya hacía horas que inundaba la habitación. A los pies de la cama un muchacho se vestía mientras ella, aún desnuda, le miraba la espalda. No había sido una noche para recordar, pero había sido entretenida. El chico, de no más de 20 años, salió de la habitación con un tímido "hasta luego, nos veremos por ahí".

- No, no nos veremos, pero encantada de follar contigo.

El chico hizo un amago de sonrisa y salió del apartamento. Isabel se sintió un poco sola. Las noches de sexo no son las que curan la soledad. Pero al menos había terminado bien sus vacaciones. Esa misma tarde saldrían de nuevo hacia Madrid, donde le esperaban el trabajo en el supermercado, su guitarra y sus pocas amigas. No se oía nada en el piso, su madre estaría en la playa. Sin levantarse de la cama acercó la mano a la mesilla de noche, donde un viejo libro descansaba desde la tarde anterior. Lo abrió como si nunca lo hubiese hecho, como si quisiera descubrir una nueva historia. Pero ya era la tercera vez que lo leía. Y la tercera vez que examinaba cada una de las anotaciones de sus antepasados.
"El secreto de Olaf se guarda en las entrañas de la tierra, en algún lugar de centroeuropa" decía una.
"Sólo una persona puede encontrarlo, el secreto está en algún lugar de este libro",
"La última respuesta será desvelada" o
"Gerard lo escondió en su morada" eran otras de las anotaciones...
Todo resultaba muy extraño, y comenzaba a sentirse verdaderamente intrigada. Le asaltaban muchas preguntas: ¿Sería esta la único copia del libro?. ¿Que es lo que guardaba exactmente?. ¿Quién eran Olaf y Gerard? El libro no hablaba de ellos...
Se tumbó de nuevo tratándose de imaginarse corriendo por la calles de un pueblo medieval, entrando en un castillo o montando a caballo en una verde pradera. Tenía que desvelar el misterio de aquel libro, y lo haría nada más llegar a Madrid. Sólo tenía que buscar una buena biblioteca donde poder encontrar algo. También buscaría en Internet, al fin y al cabo era una gran fuente de conocimiento, y había un cibercafé cerca de su casa.

Se levantó, se puso un bikini de rayas azules y verdes y fue a la playa en busca de su madre. Le esperaba un viaje largo de vuelta y le vendría bien un baño. En su viejo walkman sonaba la voz del Boss cantando aquello de las calles de Philadelphia. Se preguntó si algún día encontraría a su Bruce Springsteen... El bullicio de la playa la devolvió a la realidad mientras buscaba la sombrilla de su madre.

- ¿Qué tal la noche, hija?
- Normal
- ¿Nos damos un baño?
- A eso vengo...
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Jean aparcaba de nuevo frente a la casa de Laura Ferrán sin demasiadas ganas de investigar nada. La charla con Claudia del día anterior no le había parecido muy fructífera, y no sabía que hacer para que le hiciera caso. Tenía que aprender de Jacques, su hermano menor, que destacaba en los estudios y apenas daba problemas. Además, las investigaciones del día anterior no habían aportado mucho. Tanto el bombero como el griego debieron desaparecer por la noche, probablemente a la salida del trabajo, lo que coincidía con la desaparición de la joven gimnasta, pero no había conseguido muchos más datos. En cualquier caso sólo había contactado con sus respectivos centros de trabajo, y tenía que investigar entre amigos y vecinos.
A las 10 en punto la puerta del portal se abría dejando paso Laura, que vestía una colorida camiseta y una falda larga, que contrastaba con su permanente cara de cansancio. Laura vió al detective y se acercó al coche.
- Buenos días, ¿nos vamos?
- Buenos días, señorita, sí, vamos a ello... discúlpeme si no estoy muy hablador, no he tenido un buen día.
La primera parada fue en el gimnasio donde trabajaba la desaparecida. Era un local moderno, grande y ordenado. En nada se parecía a esos gimnasios de las películas de boxeo, que más parecen un viejo almacén que un lugar para hacer deporte. Hablaron con el encargado, que se mostró bastante receptivo. Contesto a todas las preguntas sin dudar demasiado. Danielle había ido a trabajar ese día como cualquier otro, le gustaba mucho su trabajo y había estado de buen humor. Rara vez habían tenido algún problema grave con ella. Después del trabajo probablemente se hubiese marchado a casa, aunque no era de esas a las que las da miedo andar por la ciudad de noche. Sabía valerse por sí misma. Laura asentía a todas las respuestas, como si ella misma también hubiera contestado eso.
La casa de Danielle quedaba a unos 20 minutos a pie desde el gimnasio. El supuesto secuestro debía haber sido en ese trayecto. Laura y Jean hicieron el camino andando, hasta llegar al pequeño apartamento de Danielle.
- ¿Quiere que subamos? Tengo una copia de la llave.
- No, de momento no, supongo que necesitaria alguna autorización para revolver sus cosas, y no sé si sacaría algo en claro. Preguntaremos a los vecinos.
Pocos de los inquilinos estaban en sus casas, y los pocos no conocían demasiado a la chica, y no sabían demasiado al respecto. Cuando ya iban a dejar el edificio una anciana que bajaba por la escalera se acercó a ellos:
- ¿Que pasa con esa chiquilla? ¿Ha hecho algo malo?
- ¿Sabe algo usted de ella? - Al inspector se le iluminaron los ojos
- Es una chica muy maja, siempre me saluda cuando la veo por aquí.
- Desapareció hace unos días.
- ¿En serio?
- Sí, ¿puede recordar la última vez que la vio?
- Sí, debió ser hace dos noches, o tres, no sé. Se subió a un coche negro muy cerca del portal, le acompañaba un señor, pensé que sería algún novio, o amigo, o algo.
- ¿Puede describir el coche? ¿y al hombre? - Jean estaba cada vez más ilusionado por el descubrimiento, y Laura estaba pálida.
-El señor parecía mas bien joven, pero lo ví desde la ventana y la calle estaba oscura. Era grande, fuerte quizás. Del coche no te puedo decir más que era negro y no muy grande... no entiendo mucho de marcas, a mi edad.
- Gracias, señora, si ve usted de nuevo a ese hombre o al coche por aquí cerca, o descubre algo, llame a este número y pregunte por Jean Gonzalez
- ¿Es usted español?
- Mi padre era español.
- Mi marido era de Vigo... No se preocupe, le llamaré si veo algo.
Dejó a Laura en su casa media hora más tarde, después de que ella le asegurase que no conocía a aquel hombre que describía la anciana. La chica estaba visiblemente afectada y la vio marcharse con lágrimas en los ojos. Jean se prometió a si mismo que haría todo lo posible por encontrar a su amiga.
Después de comer sólo un sandwich, de esos que vienen prefabricados, el inspector se sumió de nuevo en una pila de papeles y anotaciones para ver por donde continuar la investigación. Decidió llamar a una amiga de Vasili, el camarero griego, cuyo teléfono le habían proporcionado en el restaurante.
- Buenas tardes. ¿Puedo hablar con Nadia?
- Sí, soy yo. - Una tímida voz con marcado acento del este contestó al teléfono
- Hola, soy Jean Gonzalez, inspector de policía. ¿Me concede unos minutos?

17 julio, 2006

Alta frecuencia

Ayer, ojeando una revista de producción de audio y cosas así vi un anuncio de unos monitores de estudio de campo cercano, en el que se destacaba la respuesta en frecuencia de los mismos: de 60 Hz a... ¡51 kHz!. Desde luego, los delfines escucharán todos los detalles de la grabación sin problemas...

16 julio, 2006

El laberinto de las entrañas de la Tierra - IV

Su reloj marcaba las 10 y cuarto de la mañana, y nadie contestaba a la puerta. Jean empezaba a impacientarse. La charla de su mujer no había conseguido que se quitara el asunto de las desapariciones de la cabeza. A veces le gustaba sentirse un Sherlock Holmes moderno, pero sabía que nunca llegaría a su sexto sentido para la deducción, y ya empezaba a hacerse viejo. Aunque en realidad nunca le había gustado el caracter de la famosa creación de Sir. Arthur Conan Doyle. Apretó otra vez el timbre, esperando no encontrar respuesta, y ya cuando se decidía a descender de nuevo las escaleras, la puerta se abrió con timidez. La cabeza de Laura Ferrán asomó por la puerta envuelta en una toalla.
- Buenos días - dijo la joven, un poco sonrojada - Perdone, no me había dado tiempo a sacarme el pelo, y no oía el timbre con el ruido del secador. Pase, por favor.
Jean entró al pequeño apartamento. Pequeño, pero acogedor, sobriamente decorado, pero con mucho gusto. Sólo esperaba que aquella estudiante de periodismo le pudiese dar alguna pista sobre el paradero de su amiga.
- Siéntese. ¿Le importa esperar mientras me seco el pelo? Le serviré un café.
- Yo esperaba llevarte a una cafetería, no quiero invadir tu intimidad.
- No se preocupe, aquí hablaremos más tranquilos.
Jean apuraba un mal café mientras esperaba a la chica, cuando al final apareció, mostrando un bonito pelo rubio con mechas rojas. La cara de la chica, en la que antes apenas se había fijado, aparecía cansada, como con unos cuantos años de más.
- No creo que Danielle se hubiese escapado sin avisarme, dejando el trabajo tirado y todo eso. Bueno, quizás si lo hubiese hecho... pero nunca hubiero dejado solo a Mr. Cooper.
- ¿Mr. Cooper?
- Su gato. Lo adora. Danielle podría dejar el trabajo, su piso, a un novio o incluso a su mejor amiga, pero nunca a su gato.
- Entiendo... - A Jean siempre le sorprendían todas aquellas personas que tenían tan estrechas relaciones con sus animales de compañía, hasta el punto de considerarlos como uno más de la familia. Y esas personas solían ganar puntos en su ranking personal. - ¿Y sabes de alguien que pudiese querer algo de ella? Algún novio, ligue... no sé, cualquier cosa.
- No, no creo que nadie quisiera hacerla daño. Danielle no ha tenido novios estables, sí algún rollo de un par de fines de semana, pero ella se cuida mucho de juntarse con buena gente, créeme. De todas formas no descarto nada... estoy muy preocupada.
- Lo entiendo.
- ¿No tiene ninguna pista sobre su paradero?
- No, pero espero que tú me puedas ayudar. Quiero ir al gimnasio donde trabajaba y al resto de sitios que solía frecuentar, a ver si saco algo en claro. ¿Te importaría acompañarme?
- De acuerdo, ¿mañana?
- Sí, mañana a esta hora vendré a buscarte en mi coche.
Después de agredecerle el tiempo prestado y despedirse convenientemente hasta la mañana siguiente, Jean se unió al caótico tráfico de Paris para dirigirse de nuevo a la comisaria. No había sacado mucho en claro de la entrevista, pero el hecho de que Laura Ferrán conociese los ambientes por los que se movía la chica quizás ayudaría a la investigación. Mientras conducía, el inspector se detuvo a mirar un momento la foto de Danielle Lacroi que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Aquellos ojos verdes le pedían que la encontrara. Y lo haría, no le gustaba dejar los trabajos a medias, y sentía una extraña complicidad con aquella chica que adoraba a su gato. Aparcó cerca de la oficina. Tenía que investigar el resto de desapariciones que se acumulaban en los casos pendientes. Dedicaría a ello el resto de la mañana y toda la tarde, procurando no llegar demasiado tarde esta vez a la cena.
Nada más sentarse en su mesa, llena de informes y papeles, sonó el móvil. La voz de su mujer apareció al otro lado.
- Jean...
- Dime, cariño
- La voy a matar, Jean, la voy a matar, otra vez no ha ido al instituto. Y la han pillado fumando porros.
- ¿A Claudia?
- Sí, ya no se que coño hacer... la he encerrado en su habitación. Tienes que venir a hablar con ella y dejarle las cosas claras.
- Ahora no puedo, estoy trabajando. Que se quede en su habitación, y dile que tendremos una conversación esta noche, y seria.
- Esta chica me va a volver loca... Hasta luego
- Un beso, hasta esta noche.
El inspector ya no sabía que iba a hacer para que su hija asentara la cabeza. Era una chica tremendamente inteligente, muy guapa y con un gran don para tratar con la gente. Y le preocupaba que estuviera siempre en la calle, cuando si se dedicaba a estudiar seguro que podría ser una gran científica, o médico. Hizo un esfuerzo para conseguir pensar en los casos que se acumulaban encima de la mesa. Se organizó el resto del día para hablar con posibles testigos o compañeros de los desaparecidos. Así, esa tarde iría al cuartel de bomberos, y aprovecharía después para ir al restaraurante griego cercano a St. Séverin donde trabajaba otro de los desaparecidos. El resto los dejaría para el día siguiente.
Los posos del tercer café de la mañana le hicieron temer unos días difíciles, mientras miraba las fotos de las dos chicas que más le preocupan en aquel momento: la preciosa foto de su hija Claudia que descansaba sobre su mesa y la de la cautivadora Danielle, que asomaba por el bolsillo de su chaqueta.

15 julio, 2006

Miss. Granger

Tengo que reconocer que la primera vez que escuché la idea de un mago de 12 años, con gafas, y que jugaba a una especie de fútbol americano con escobas mágicas... no me atrajo demasiado. A mí que ya me consideraba un adulto (o casi) aquello me resultaba obviamente demasiado para niños. Lo que me empezó a sorprender es que le gustaba a demasiada gente (a muchas féminas, pero también a más de un macho). Así que me decidí a ver en la gran pantalla (si es que las salas de los multicines Guadalajara se pueden denominar así...) la tercera entrega de la susodicha serie, alentado por una fémina, todo hay que decirlo. Y para mi sorpresa, a pesar de que no había leído una línea de los libros y aún menos había visto a los personajes de carne y hueso de las dos películas anteriores, la historia no me desencantó. De hecho, la cuarta entrega, que ví al año siguiente, me empezó a intrigar sobremanera.

A partir de ahí no es que me haya convertido en un fan acérrimo de la saga, pero al menos ya me he leído los dos primeros libros (in English, of course) y he visto las tres primeras pelis en V.O. Y lo que más me atrae de todo es una señorita empollona y a veces impertinente que acompaña al protagonista (no tan afortunado en mi valoración de personajes) en las extrañas aventuras que le ocurren. Perdonen si se me puede tachar de asaltacunas, y tranquilos, que esperaré hasta que la señorita llegue a la mayoría de edad...

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Todo esto se junta con mi inminente fichaje por Hogwards, aquí todo esta relacionado...

27 junio, 2006

Reflexiones

Ya soy ingeniero, y eso es algo que uno no puede decir todos los días... Ahora espero tener más tiempo para escribir aquí, y seguir inventando historias que os entretegan (si es que lo consiguen, claro) y que me entretengan a mí.

Alguien dijo una vez que, cuando morimos, vivimos en el recuerdo de la gente. Cuando mueren, los escritores viven en sus libros, los músicos en sus partituras, los pintores, en sus cuadros, los científicos, en sus investigaciones... incluso los asesinos, en sus crímenes y los grandes ladrones en sus golpes. A veces creo con absoluta convicción esa teoría, que uno vive otra vida en la manera en que el resto de los vivos te recuerda. Que en el fondo sólo seremos un recuerdo. Y a veces uno lo único que desea es hacer algo por lo que la gente te recuerde...

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Fortune, fame, mirror vain, gone insane, but the memory remains - Metallica